
Me llamo Tania Jiménez y tengo 37 años. Soy una orgullosa ex alumna de Decroly. Ingresé a la escuela en tercero de primaria y salí hasta noveno.
Particularmente, Decroly no sólo fue, sino que sigue siendo un pilar fundamental en mi vida, porque ahí aprendí el valor de ser yo misma, de respetarme, de saber que todo lo que yo me proponga en la vida lo puedo lograr, a tener fortaleza interior, a madurar y sobretodo, aprendí algo que ninguna escuela te enseña: ¡la importancia de la inteligencia emocional!... en pocas palabras, Decroly ha sido parte de mi "conciencia interior". Me ha dejado como resultado ser una mujer libre, feliz y autónoma, que sabe tolerar y resolver lo que la vida me ponga enfrente.
Posteriormente, estudié periodismo y realice una especialidad en creatividad visual. Trabajé como columnista en el periódico El Financiero, en Presidencia de la República, en diversas revistas, en un partido político, en campañas políticas, en agencias de Relaciones públicas y en una empresa inglesa como gerente de relaciones públicas para América Latina, asimismo, he dado clases por mas de ocho años en nivel medio superior y superior, así como cursos de solución de conflictos y habilidades del pensamiento a Aduanas de México.
En algún momento tuve la inquietud de independizarme y fue entonces que abrí, junto con mi mejor amiga, mi propia agencia de Relaciones Públicas a la que llamamos PR Zone. Ahí nos divertimos mucho organizando todo tipo de eventos y llevando prensa para que publiquen a nuestros clientes.
En lo personal, vivo desde hace 12 años con un músico y tenemos un hijo maravilloso de tres años que se llama Santiago, el cual es mi mayor éxito y logro personal. Al cual, por cierto, estoy pensando inscribirlo ¡en Decroly! Inscribir a mi hijo en la misma escuela que yo estudié y en la cual fui tan feliz, habla de el inmenso cariño que le tengo a esa pequeña escuelita y a la cual me gustaría confiar la educación de mi bebé. ¡Gracias Decroly por todas tus enseñanzas!
Mi nombre es Marina Martínez Salazar y soy decroliana:
exalumna, coordinadora y madre de familia (mi hija Eleonora está cursando noveno, su último año en la escuela)… y más que una confesión, es una carta de presentación.
Soy egresada de la generación número 11 y cursé en la escuela unos de los mejores años de mi vida (seis, para ser exactos). Me considero testigo presencial de cuatro épocas distintas y también de cuatro locales de la escuela.
Ingresé a Decroly en 1981, cuando la escuela se encontraba en la calle Miguel Schultz, en la colonia San Rafael y yo entraba a cuarto de primaria. De esta etapa recuerdo sucesos que marcaron definitivamente quien soy en este momento y cómo enfrento día con día la vida. Recuerdo que ese año se dio un acontecimiento histórico en nuestra escuela: la época de autoridad directa. Por una serie de circunstancias acontecidas en toda la escuela y en una gran cantidad de grupos, los coordinadores decidieron que los alumnos perderíamos todos nuestros derechos. De un día para otro dejaron de haber asambleas; las clases se daban como en una escuela cualquiera en donde los coordinadores entraban, escribían en el pizarrón y nadie podía hablar ni moverse de sus sillas, más que con autorización expresa del coordinador. Así en toda la escuela.
No tardó ni una semana, cuando los alumnos comenzaron a organizarse: igual se podía ver a los compañeros de noveno y octavo movilizando a los grupos como a niñas de tercero o quinto; hubo enfrentamientos y paros, mítines y huelgas. Después comenzó la etapa de tregua, solicitada por los alumnos y se realizaron las asambleas extraordinarias más intensas que yo haya presenciado en la historia de Decroly, en donde participaban tanto los grandes como los chicos para solicitar la negociación de nuestros derechos. Se escribieron documentos con nuestras demandas y compromisos. ¡Fue todo un movimiento político, a gran escala!
Ese mismo año, Carola dejó la escuela y también nos cambiamos a una preciosa casa en Fernando Montes de Oca, en la colonia Condesa. Esa fue una etapa extraña, cuando el director era Ernesto (hijo de Carola) y todos los viernes íbamos a Chapultepec, porque en ese local no teníamos un patio apto para juegos.
Al año siguiente inauguramos el local de Zamora, a sólo unas cuadras de distancia: yo estaba entrando a sexto y allí cursé toda la secundaria. De esta etapa también guardo recuerdos increíbles, como aquellos trabajos de investigación para lograr el derecho a fumar en la escuela; o los viajes de prácticas, con los transectos organizados por Juan Cristóbal y sus caminatas eternas.
No fue hasta que llegué a la universidad cuando reconocí lo que Decroly había gestado en mí. Estudié Literatura Dramática en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y durante un buen tiempo yo creí que investigar, exponer, buscar información, cuestionar posturas o ejecutar proyectos interdisciplinarios eran actividades que todos mis compañeros realizaban con una gran facilidad. Después de cursar tres años de la carrera me di cuenta que esas habilidades las teníamos pocos alumnos: realmente pocos.
Durante diez años me dediqué al teatro; sin embargo, no conseguía hacer en esta actividad lo que yo deseaba. Sentía la imperiosa necesidad de compartir, de transmitir y de generar en otros el placer por descubrir todos los días cosas nuevas. Así comencé dando talleres de fomento a la lectura y de teatro para niños; muy pronto tuve la oportunidad de trabajar como docente en una universidad: daba las clases de historia del arte y estética en la carrera de diseño gráfico. Pasé siete años fuera del DF y, cuando por fin estuve de regreso, el primer lugar que visité, deseando poder volver a ser parte, fue Decroly: mi hija cumplía también siete años y necesitaba una escuela, no cualquiera.
Tengo seis años dando la materia de español en la tercera sección, tres como coordinadora de base y siete como mamá de una alumna: he visto ir y regresar cada año a una gran cantidad de alumnos; algunos de mis ex compañeros tienen aquí a sus hijos. Y lo único que me resta por decir es que Decroly es como mi casa, que amo mi trabajo y que, definitivamente fui, soy y seré siempre decroliana.